Manifiesto del insulto

Por Álvaro Alemán
Miembro Correspondiente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua

 

Junto con un agresivo endeudamiento externo, la crisis política y la productividad en declive, un asunto melancólico adicional marca la vida ecuatoriana: la paulatina desaparición de una invectiva con visos de creatividad. Hace no tanto tiempo caminaban por estas tierras titanes de la vituperación; lamentablemente, esos días terminaron. Parecería que hoy solo se acude a un puñado de palabrotas para ventilar nuestro miedo, odio, desprecio, disgusto, irritación, horror, ira, envidia y rabia. Las sabatinas semanales, junto con buena parte de las redes sociales, se convirtieron, luego de un prometedor inicio, en testimonios sombríos de una obscenidad banal. Antes, el insulto se hacía mejor. Las personas desplegaban una invectiva plena de imaginación e ingenio que era, por momentos, imponente. Posiblemente esto se deba a que antes la obscenidad era la excepción, no la regla, y que no había salida fácil luego de lanzado el primer insulto.

El insulto, la befa, la rechifla y gracejada no son de por sí el problema. El problema consiste en una cultura cívica que opera en un solo sentido y que cierra las puertas al diálogo y al intercambio, incluso, de palabras. Lo más preocupante consiste en la respuesta de algunos ultrajados, que aspiran a desterrar la “intolerancia” a favor de un clima político y verbal aséptico, una plaza pública artificialmente neutra, “libre” de conflicto y polémica.

Nos encontramos así entre la Escila de un ludibrio unidireccional, escudado por el miedo y la fuerza, y una Caribdis temerosa del debate. Un clima cívico que, en estas condiciones no solo teme responder, sino que aspira a detener a todos los contendores políticos para que renuncien al enfrentamiento. Esta situación se ha convertido paulatinamente, en la norma en el proceso educativo. La enseñanza (que no puede sino ser cívica a la vez que técnica) rehúye hoy toda forma imaginable de confrontación de ideas, de métodos o tácticas, en detrimento del aprendizaje. En todo foro público popular, las autoridades educativas pregonan un protocolo cívico de evasión, de renuncia al debate/conflicto. Hace más de dos mil años, en el Fedro, Platón señala la inconveniencia de una instrucción sin maestros, una enseñanza desprovista de interlocutores vivos, desastrosa, en su mirada, puesto que promueve una “falsa erudición” en lugar de sabiduría. Para Platón, al igual que para una larga hilera de pensadores que le siguen, el civismo, que exige, entre otras cosas, aprender a dialogar y a debatir, consiste en un ejercicio presencial e indispensable de ciudadanía, un proceso en el que los involucrados tienden a justipreciar el conflicto, porque el conflicto es la marca de la diversidad y a la vez, un mecanismo privilegiado para aprender a vivir en democracia.

En todo esto, la lengua es el portal hacia ese aprendizaje del mundo, de la vida, de la lucha. De todo el conocimiento acumulado de la antigüedad clásica existe una sola disciplina del saber que no ha sido desmentida, trastornada, descalificada o eliminada: la retórica, el arte y la técnica de la persuasión, aquel dispositivo temible al que todo ciudadano responsable debe tener acceso. Actualmente, la retórica no solo se presenta como un saber indiferente, caduco o intrascendente, sino como un saber temerario, irresponsable o abusivo.

Queremos, mediante la publicación del “insultador montalvino”, llamar la atención sobre la necesidad de responder al poder con todos los recursos expresivos intactos;
sobre la importancia de la creatividad lingüística como signo de salubridad cívica, y la importancia del conflicto para el aprendizaje; sobre la necesidad de conocer a los grandes polemistas y cultores de la invectiva, en la historia de la cultura ecuatoriana

El “insultador montalvino” consiste, entonces, en un juego diseñado para pensar en las dimensiones políticas y democráticas de la creatividad de la lengua picante. Aspira a ser una contribución que permita a los lectores pensar en las condiciones del discurso público contemporáneo y en la necesidad de reintroducir la polémica razonada y creativa en nuestro repertorio cívico. Para lograrlo, las letras ecuatorianas son una fuente de inspiración y aprendizaje inagotable: Espejo, Montalvo, Mera, Solano, Marieta de Veintimilla, Manuel J. Calle, Palacio, G. H. Mata, Raúl Andrade, Velasco Ibarra, Alejandro Carrión y tantos otros.

Por último, creemos en la necesidad de pensar en el insulto como una calle de doble vía: una conducta verbal dispuesta a emitir y recibir acrimonia y, en el proceso, como es la obligación de todo político, a aprender no solo a insultar, sino a recibir insultos. Ser sujeto político implica tener la suficiente madurez, entereza y valentía para aceptar la desavenencia, la discordia e incluso la descortesía ajena, sin renunciar a la posibilidad de responder, con pirotecnia y conocimiento de fuentes y por medio de un lenguaje prevenido, al descrédito de uno mismo. Queremos, así, contribuir a la reflexión entre política, lengua y civismo en el Ecuador del siglo XXI. Quienes antes abastecían de invectiva a la república se divertían, cuando querían atacar, condenar, criticar, menospreciar, salpicar, denigrar, despreciar, insultar, reprender y ridiculizar, y exploraban y dilataban la lengua con gusto.

En este contexto, la presidencia era y es con frecuencia objeto de invectiva. La presidencia de Abraham Lincoln es un buen ejemplo. Mientras el fundador del Partido Republicano estaba en funciones, se lo llamó “inter multa alia”, un payaso obsceno indeseable; la apoteosis del Gran Cerdo; un cruce entre una grulla rastrera y un asno andaluz; un Balaam presidencial; un eunuco de umbral; un tonto crudo; iletrado de cantina; un funambulista presidencial; un abogado emisor de jerga estruendosa; un cruce entre un vendedor de nuez moscada y un trueca caballos con un guardia; la encarnación de una broma, y un usurpador de poca monta. “No es que le falte un tornillo”, se dice en el New York World, en agosto de 1864 “sino que toda la maquinaria está rota, despatarrada, desvencijada, arruinada, apta solo para tirarla al fuego”.

El insulto construye y destruye, arma y desarma, marca y desmarca a sus sacerdotes, y sus palabras perduran. Como muestra un botón: los insultos de Martín Lutero, que al referirse al rey Enrique VIII escribe: “es un cerdo, un asno, la cría de una sierpe, un cerro de estiércol, un basilisco, un bufón mentiroso, un alcornoque demente con una boca de la que sale espuma, un rey de la mentira, por la desgracia de Dios, el Rey de Inglaterra, esa lombriz maldita y podrida”.

Va entonces esta máquina para celebrar la befa, el cachondeo, la chufla, la chunga, la grosería, la mofa, el pitorreo, la acidez, la acritud, la agrura, la mordacidad, la dureza, la agresividad, la aspereza, la brusquedad, la adustez, el desabrimiento, la descortesía, el desprecio, la destemplanza, la rudeza, la grosería, la calumnia, la ofensa, el vilipendio, la blasfemia, el denuesto, el dicterio, la execración, la irreverencia, la maldición, la protesta, el reniego, la acusación, el apóstrofe, el improperio, la increpación, la ofensa y la recriminación.