Prólogo de Alfonso Laso Ayala para el libro «Pancho Segura Cano: la vida de una leyenda del tenis»

El gran gladiador

Alfonso Laso Ayala

 

Durante años una serie de imágenes en blanco y negro nos acompañaron en casa. Fotos de deporte, claro. Mi padre, Alfonso Laso Bermeo, fue periodista desde siempre y además aficionado a la fotografía. No era de los que se tomaba demasiadas gráficas con los deportistas famosos. Supongo que era mi mamá quien guardaba celosamente algunas postales donde aparecía mi papá. En una de ellas, se lo ve junto a dos tenistas. El uno muy alto, el otro, pequeño. Al primero lo llegué a reconocer en alguna película de esas que dejan huella en la infancia (El planeta de los simios, 1968); del segundo solo le había escuchado hablar a mi viejo. Parecían muy amigos los dos.

El tenista pequeño era el inigualable Pancho Segura; el grandote, nada más ni nada menos, que el actor estadounidense Charlton Heston. A éste, el cine nos ha permitido mirarlo una y otra vez en muchas de sus producciones; lastimosamente, de nuestro famoso tenista hay muy pocos videos, muy poco material. Alfonso Laso Bermeo ha tenido, desde que me acuerdo, profunda admiración por la figura de Francisco Segura Cano. En tiempos en donde conseguir estadísticas en nuestro país resultaba imposible, había que recurrir a la memoria de unos pocos para contar todos sus logros. Le había escuchado, al comunicador quiteño, hablar de quien fuera su gran rival: el méxico-estadounidense Pancho Gonzáles. Y que nuestro tricolor había ganado todo en Estados Unidos.

Años después, de paso por Quito, el periodista lo entrevistó y Pancho Segura le contó historias de tenis, le dio sus opiniones sobre la actualidad— de entonces— del deporte blanco en el mundo y le brindó detalles del club donde dictaba clases, cerca de Los Ángeles. Para entonces Pancho Segura ya había trascendido a nivel mundial como entrenador de varios campeones del deporte blanco.

Aprendimos a admirar al tenista porteño y lo imaginamos jugando y ganando a los más grandes del deporte de la raqueta en el mundo, cuando en nuestro país el desarrollo deportivo era aún una quimera. Aún hoy no hemos avanzado tanto como quisiéramos. Al tenista ecuatoriano le faltó la actual tecnología, capaz de mostrar una misma jugada de manera simultánea en cualquiera parte del planeta. Sin embargo, no pareció importar, el tiempo se encargó de convertirlo en un mito. Allá, en Estados Unidos, donde lo conocían bien, lo colocaron en el salón de la fama. Un lugar escogido solo para los inmortales.

 En la actualidad podemos mirar y escuchar diferentes reportajes donde se cuenta parte de la vida deportiva de Pancho Segura. Todo disperso y casi siempre relatado a manera de anécdota. He podido ver y leer a colegas que han logrado recopilar información y que la han contado en versiones cortas, en reseñas y producciones. Éstas también han colaborado para agrandar su imagen en nuestra memoria.

 Así —incompletos— fueron mis escasos encuentros con uno de los más grandes deportistas ecuatorianos de todos los tiempos. Muy poquito para todo lo que representa la legendaria figura de Pancho Segura y la trascendencia que tiene dentro del tenis profesional en la actualidad. Esto hasta que conocí el libro Pancho Segura Cano: la vida de una leyenda del tenis y pude ver esa cancha —de polvo de ladrillo—, donde él comenzó a pegarle incansablemente a una pelota.

Debo confesar que he vibrado con este relato. Me he conmovido, y espero que usted, querido lector, también lo haga, cuando se describe la vida del guayaquileño durante sus primeros años, intentando sobrevivir, no ya jugar al tenis. Un niño cuya perseverancia lo llevó a superar sus problemas físicos para convertirse en uno de los mejores jugadores del mundo durante varios años. La narración de sus enfrentamientos con los más grandes de ese entonces emociona y uno puede imaginar lo que un pequeño ecuatoriano conseguía, con su drive a dos manos, frente a otros que parecían gigantes en la pista.

Pancho Segura decidió, allá por los años cuarenta, jugarse el todo por el todo a nombre del tenis profesional. Fue uno de sus grandes impulsores y, gracias a su extrovertido carácter, se convirtió en un showman dentro de las canchas, algo absolutamente indispensable para una actividad que, para ese entonces, apenas despertaba curiosidad. Luego de leer este libro, cuando veamos a los monstruos del tenis moderno, sabremos que un ecuatoriano ayudó a que sean lo que son en la actualidad. Es que cuando Pancho resolvió dejar de jugar profesionalmente se dedicó por entero a entrenar a las grandes estrellas del cine, pero también a las nuevas figuras del deporte blanco. De ellos, el que más destacó fue Jimbo, el histórico Jimmy Connors, múltiple campeón norteamericano que creció al lado de Pancho Segura hasta transformarse en un imparable campeón. En esta biografía, editada por El Fakir, se explica la relación cercana entre ambos y luego su distanciamiento. Además, se habla de figuras como Andre Agassi o Michael Chang que también pasaron por las manos del campeón ecuatoriano.

Gracias a la lectura de este libro queda claro cuál fue la relación de Pancho Segura con las estrellas de Hollywood y cuánto llegaron a apreciarlo. Su carácter extrovertido y jovial y esa actitud ganadora pero respetuosa le hicieron muy apreciado en la sociedad estadounidense. Muchísimos actores y otras tantas actrices recibieron sus enseñanzas y secretos y mejoraron su juego. Fue un revolucionario en el deporte blanco pues supo desde el principio que no podría competir contra la fuerza de sus rivales sino que habría que—a su tenis— agregarle perseverancia, velocidad y astucia. Pancho se convirtió en el primer gran estratega de este deporte, primero mientras jugaba y luego cuando dirigía.

También queda reflejada en estas páginas la generosidad de Pancho con los suyos. Se llevó prácticamente a toda su familia al país del norte en busca de nuevas oportunidades, aquellas que no encontraban en su natal Guayaquil. Y, finalmente, recibió en nuestro país también el reconocimiento de autoridades y aficionados, en tiempos en los que las noticias circulaban con lentitud.

Será imposible compararlo con nuestras grandes figuras de la era profesional: Andrés Gómez o Nicolás Lapentti. Sin embargo, no es atrevido pensar que la calidad de ellos, y de otros que también nos representaron o nos representan, nace de su demoledor y peculiar drive a dos manos que sorprendió primero y luego conquistó al mundo del tenis en los años 50 y 60 del siglo pasado.

En la historia deportiva de Ecuador no tenemos demasiadas figuras de élite y menos tenistas de nivel mundial. Es por eso que nos aferramos a nuestros grandes gladiadores deportivos. Pancho Segura es, indiscutiblemente, uno de esos escasos números uno. Supo ser campeón profesional en una época en donde los torneos del Grand Slam estaban reservados para los tenistas amateur y no para quienes recibían dinero por jugar. Y fue él, con otros visionarios, quienes cambiaron la historia del tenis y lo condujeron hacia donde hoy lo conocemos. Lo de Francisco Segura fue sobrevivencia y mucho entrenamiento, pero indudablemente también talento. Con alegría y orgullo hoy entendemos muchos detalles de una vida que siempre giró alrededor de una raqueta, una red y una pelota. Sabemos que es un gigante de nuestro deporte y del mundo. La diferencia es que ahora podemos contarlo con detalles, rigor y emoción. Pancho Segura Cano: la vida de una leyenda del tenis inmortaliza, si quedaba alguna duda, a este incomparable tricolor. Hace honor a su genio deportivo y a su sangre ecuatoriana. Ya sabemos quién “inventó” el tenis en nuestro país.

 

 

 

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