Adelanto de “Los que siembran el viento”

Los que siembran el viento

En donde se siente más el corcoveo de la calle Cotopaxi, por la parte de arriba, a ras del segundo patio de tierra de esta casa de alto y bajo, en cuarto sin ventanas, solito vive el hombre. No tiene, lo que se dice, ni un perro que le ladre ni nadie que le alcance, de repente, un jarro de agua. Se levanta con la mañana. Destranca la puerta de una sola hoja y en la cara recibe todo el chiflón de claridad que llega del Ichimbía. Ahí mismo, como para tocarlo con la mano, el arrayán pulido por la lluvia de anoche; y contra la pared de adobe que sirve de medianera, el W.C. de tanque alto, disimulado apenas por cuatro tablas viejas y ralas que dejan ver todo cuanto hace allí ese hormiguero de inquilinos.

¡Qué huambra, maltona todavía, como para perder el juicio! De pura chiripa, como por muerte de un judío, alguna vez aparece la visita inesperada y amable.

—Buenos días, sí, yo soy.

—Muchas gracias… bueno, verá, no, yo…

—Sí, sí… Pero no se quede allí… ¿Quiere pasar?

—Es que… Sabrá que… ¡ni sé cómo empezar!… ¡A lo mejor Ud. qué también pensará de mí!

—No, no. Yo no pienso nada… Siga, siga… Aquí, afuera… Entre, hágame el favor de…

—Gracias… ¡Jesús, me muero, me da vergüenza… Ud. va a creer que…

—Permítame… Ah, estos libros que no sé dónde… Siéntese aquí, aunque sea en la cama… Perdonará nomás… Ud. ve este cuarto…

—Gracias. Me estaré un ratito nomás… Ud. pensará, y tiene razón, que yo soy una… Bueno, sí… Soy medio deschavetada… Ud. ni siquiera me conoce… Sabrá que yo soy… Es decir, mi papá tiene la sastrería que queda ahí mismito, en la Yerovi, pasando la Olmedo.

—¿Su papá es el señor Salitas?… ¡Claro, claro, pero qué torpe soy!

—Rosaura me llamo.

—¡Eso, la Rosaura!… ¡Vean nomás lo que es esta vida!… Ayer era Ud. una guagüita. Me acuerdo que Ud. tenía unas trenzas que le daban hasta… ¡Cuándo iba a imaginar que ahora!… ¡Y cómo se ha puesto!… ¡linda, lo que se dice linda!

—No se haga, no se haga… ¡A cuántas dirá lo mismo!

—¡Le juro, por éstas, le juro, preciosa!

—¡Deje, deje, puede estar jurando lo que quiera, que yo!… ¡Fama tiene Ud., no vaya a creer que no sé todito!

—¿Cómo?

—Más bien pasemos a otra cosa… Le diré la verdad… He venido a verle por curiosidad. Sí, sí, curiosidad. Loca que es una y como tantas cosas cuentan de Ud., que por aquí, que por allá… Que canta y toca la guitarra… Ahí estoy viendo una guitarra… Y que toma mucho; y que se pone como loco cuando se pasa de copas… ¡Y un mundo de cosas dice la gente!… ¿Por qué no me hace oír alguna cancioncita?… ¡cualquiera!… ¡Uy, ya creo que es muy tarde!… ¡Perdóneme,

perdóneme!… Con razón mamita me dice que tengo sacudida la cabeza. Y que soy una carishina, y que no sabe ya qué hacer conmigo. ¡A ver, a ver, no se haga de rogar!… ¡Apure, apure y no me quede viendo con esos ojos!

Entonces, el hombre va y se suelta un albazo que más parece danzante. Un albazo de esos entre amargos y dulces, entre serios y medio graciosos, pero casi siempre malintencionados:

Vuelvo volviendo aquí,

vuelvo chumado,

ya no puedo vivir

sino a tu lado

Y, la segunda:

Arrímate nomás,

qué te ha pasado,

hasta la vela ya,

ya se ha apagado.

—¿Conque arrímate nomás, qué te ha pasado, no?… ¡Regia, bien regia la canción!… ¡Ahora tiene que cantarse otra cosa!… ¡Venga, venga, venga, siéntese aquí, a mi lado!… ¡no le voy a comer!… ¡A ver, a ver, ese pasacalle que la gente se hace lenguas!… El que habla de la mujer de un tal Manuel… ¡Déle, déle!

Cada primero de mes, medio oscuro todavía, tuntún, la puerta: ¡achachay, Jesús, en semejante frío!… «Vecinito, buenos días, vengo por el arriendo».

Es la pobre mamá Clorinda, mujer blanca, cargada de lunares. De joven debió haber sido rasguñable.

Por cincuenta miserables sucres mensuales y el cucho pelado que le dan bajo las gradas, se humana a lo que nunca soñó: cuida la huerta de atrás, da de comer a los puercos, barre patios y corredores, abre y cierra la puerta de calle, cobra los alquileres y hasta, según se murmura, la infeliz mujer, a esa edad, tiene que acceder a ciertas manipulaciones del viejo Alarcón, dueño de la casa.

De aquí a lo que se tiene como centro de la ciudad no hay sino cinco cuadras. Una vez en la placita de la Merced, si se tuerce a la izquierda y se bajan cien metros por la Chile, se da con la Pichincha. En esta esquina se halla el edificio del diario más influyente del país, según juzgan de ese modo las gentes metidas en estos altos tejemanejes del periodismo.

 

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